La mujer que fui no fue un error

Durante mucho tiempo creí que reinventarme era arrugar y tirar a la basura a la mujer que había sido. Hoy sé que no hace falta destruir tu vida para empezar una nueva versión de ti.
La mujer que fui no fue un error

Tirar un papel a la basura es muy fácil. Lo arrugas y lo avientas.

Durante mucho tiempo creí que reinventarme significaba hacer exactamente eso con la mujer que había sido.

Tirar a la basura lo que fuimos es tremendamente doloroso y desilusionante, pero, sobre todo, es innecesario. Cuando nos reinventamos, esa versión pasada de nosotras no merece ser desechada.

Déjame contarte.

Mis hijos han pasado de querer ser astronautas a futbolistas, de científicos a bomberos. Qué bonito ver cómo cambian los niños: como no miran la vida pensando en un final cercano, todo les parece posible e interesante.

Pero cuando una crece entiende que en la vida toma decisiones y traza un norte hacia aquello que sueña ser.

Esa había sido yo.

Tomé decisiones profesionales, familiares, laborales y geográficas. Me había convertido en aquello por lo que había trabajado. Tenía metas, sueños e ideas. Escribía de moda, diseñadores, tendencias, viajes y cultura. Desde afuera, parecía que esa era yo.

Pero aquello dejó de satisfacerme. Ya no me llenaba. Ya no me inspiraba. Era, como dice la típica frase, una papa sin sal.

Lo más gratificante que puedo decir hoy es que ese sinsabor apareció con la llegada de mi hijo Nicolás. En aquel momento no lo entendía. Me enfadaba y trataba de sostener algo que la vida ya me estaba conduciendo a cambiar.

¿Cómo iba a dejar atrás lo que hacía? ¿Cómo podía pensar ahora de una forma tan distinta, si hasta había escrito un libro?

Creí que la maternidad me había secado. Sin embargo, mientras descubría un mundo nuevo junto a Nicolás, también comenzaba a descubrir una nueva versión de mí, con otros intereses y nuevas prioridades.

Años después, con la llegada de Martín, mi segundo hijo, brinqué al vacío.

Había tratado de sostener aquella vieja versión de mí sin permitirme ser una hoja en blanco para reinventarme. Entonces solté a la Ariana que daba consejos para vestir, a la que sabía de moda antes que de cualquier otra cosa, a la que había compartido tantos años con aquellas lectoras.

Aquella piel ya no era mía.

Tuve miedo de no llegar a encontrarme al otro lado de esa reinvención. Tuve miedo de desilusionar a tantas personas que me habían apoyado durante años. Tuve miedo de traicionar aquella versión de mí. Tuve miedo de perderme. Tuve miedo de que la premura de la vida no me dejara saborear mi cambio.

Entonces estiré la hoja de aquella versión de mí. Le pasé la mano por encima y sentí sus arrugas. Le di las gracias porque, sin ella, no podría entender lo que entiendo ahora ni vivir como vivo y siento hoy.

En lugar de arrojarla al basurero, la guardé en el álbum de mis versiones anteriores. Un álbum llamado:

No necesito destruir mi vida para reinventarme.

Mis hijos fueron una medicina sin saberlo. Mientras descubría el mundo con ellos, me permití descubrirlo nuevamente para mí.

Reinventarme no me ha librado del dolor. He tenido que regresar a lugares donde hubo trauma para ordenarlos y comprenderlos. Pero hoy puedo decir, sin miedo a equivocarme, que cambiar puede llevarnos a una versión más honesta de nosotras mismas.

Tenemos todo el derecho del mundo —y, creería yo, hasta el compromiso con nosotras mismas— de cambiar. De reinventarnos. De aceptar que las metas de antes tal vez ya no sean las de hoy. De sentirnos orgullosas de quienes somos ahora.

Solté la mano de aquella Ariana para darle la mano a la nueva.

Y estoy dispuesta a soltarme nuevamente para darle la mano a la versión siguiente.

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Escrito por Ari Fernández

Mamá, escritora y mujer en constante reinvención. Aquí cuento mis historias y las de otras mujeres, para que ninguna se sienta sola.

¿Hay algo que antes te definía y hoy ya no te representa?

Me gustaría leerte. Escríbeme y cuéntame tu historia.