Me da una pereza tremenda presentarme contando qué estudié, dónde trabajé, cuántos seguidores tengo, qué reconocimientos recibí o qué he hecho con mi vida.
Lo siento frío, pretencioso y, sobre todo, escaso. Porque ninguna lista alcanza para contar quién es una mujer.
Dedico buena parte de mi tiempo a un trabajo que no es remunerado económicamente y que todavía pocas veces se reconoce como profesión: ser madre. Un trabajo que me ha dado gratificaciones existenciales, mentales y personales que ningún sueldo sabría pagar.
Quiero seguir teniendo espacio para ser muchas otras versiones de mí. Para cambiar de opinión, descubrir nuevos intereses, recuperar partes olvidadas y dejar atrás aquellas que ya no me representan.
Para ponerles palabras a esos cambios que vivimos por dentro. Para contar historias alegres, profundas, incómodas y cotidianas. Las mías y también las de otras mujeres.
Porque somos muchas intentando no desaparecer dentro de una sola definición. Y cuando una mujer se atreve a contar lo que vive, otra puede reconocerse y sentirse menos sola.